En El Morro

Lo normal es verlo de lejos o desde abajo,  ¿pero que esconde la espalda de la mayor atracción turística de Montecristi?

La autopista, la más larga del país, atraviesa el cuello del animal y termina en una playa que sirve de límite a su cabeza, frente a una roca con forma de zapato que parece flotar sobre las aguas.

A la derecha, escalones de madera sortean pequeños abismos y llevan al viajero hasta su vientre o hasta su espalda, según lo quieran ver los ojos, en un recorrido de 45 minutos que se alarga infinitamente porque el cuerpo se resiste a abandonar uno de los paisajes más inspiradores del Atlántico dominicano.

Sobre la espalda del dromedario dormido
En el extremo noroeste dominicano, San Fernando de Montecristi recibe con un abrasante sol a los que llegan de lejos a contemplar la imagen que identifica a la ciudad: un largo reloj de cuerdas fabricado en Francia y traído al país en 1895 que nunca ha dejado de marcar las horas. Está ubicado en el centro del parque Duarte, con las patas haciendo de glorieta.

La gente también se acerca a ver las casas centenarias que quedan por ahí, vestigio de tiempos mejores cuando el puerto de la provincia era el más importante del país y la gloria de la lucha por la Independencia y la Guerra de Restauración perseguía a sus valientes ciudadanos.

De paso visitan su enorme salina, se bañan en sus playas de arenas rojas y amarillas, admiran sus mangles gigantes, pasean en yate entre los cayos Siete Hermanos, saborean “el mejor chivo guisado del mundo” y hacen una parada en la casa donde se firmó el “Manifiesto de Montecristi”, un comunicado escrito por el prócer cubano José Martí y también firmado por el dominicano Máximo Gómez que recoge los principios patrióticos que motivaron la independencia cubana.

Si la visita se realiza en tiempos de carnaval o Cuaresma, el sonido de los látigos durante los enfrentamientos entre toros y civiles en las calles sorprende gratamente a los viajeros.

Sin embargo, puede ocurrir que en una visita a Montecristi, a 270 kilómetros de Santo Domingo, algunos de estos atractivos se queden en carpeta.

Cualquiera menos uno: contemplar de cerca o de lejos el dromedario echado que vigila soñoliento ¿o estará dormido? el paisaje de verdes claros, playas de arenas oscuras y aguas azules que rodea su enorme cuerpo.

Es El Morro, la mayor atracción no sólo de la más occidental de las provincias dominicanas sino del Parque Nacional de Montecristi, que entre tierra y agua abarca 550 kilómetros cuadrados del litoral norte.

De cerca
Contemplarlo. Eso es lo que hace un visitante normal. Un viajero de verdad no se conforma con la contemplación ni con las fotos. Necesita conquistar ese vientre ño espaldañ que no alcanza los 300 metros y que llamó tanto la atención de Cristóbal Colón, el primer europeo en notar su existencia hacia 1503, según su diario de navegación.

Para subir no es necesario abrirse paso entre la maleza. Las autoridades de Medio Ambiente construyeron hace varios años una escalera de madera que lleva hasta la cima y, aunque parece muy inclinada y en algunos tramos las tablas desaparecen, el trayecto es fácil de recorrer.

Nadie, en todo caso, le da importancia a los peldaños artificiales. Las paradas se hacen obligatorias para observar esa línea del Atlántico que aparece rodeando el Morro de un azul intenso y quieto. La subida de 45 minutos, entonces, corre el riesgo de hacerse eterna. Debe ser que, como le ocurrió a la mujer de Lot, la tentación impide esperar llegar a la cima para contemplar el paisaje en todo su esplendor.

La primera ñy tal vez únicañ sorpresa es que El Morro no es tan marrón como se ve de lejos, como si se tratara de una montaña pelada. La vegetación, compuesta mayormente de cambrones, aroma y salvia en las laderas, es tupida en la cima, albergando otras especies endémicas de la zona.

EXPLORAR LA ESPALDA DEL CAMELLO
Arriba no hay mucho que hacer, salvo explorar los alrededores y contemplar el océano. ¡Pero cuánto llena hacer lo que parece tan poquito! Eso y respirar hondo. Atrapar la humedad.

Retar el viento. Dejarse llevar. Tomar fotos. Observar las plantas. Tocar un maguey. Vivir. Y luego bajar sintiendo que algo muy grande ocurrió allá arriba. Algo memorable, así no sepamos explicarlo.

Subir El Morro no es la mayor experiencia ecoturística ni la más excitante y, sin embargo, los paisajes que se suceden desde la mañana hasta el atardecer parecen exclusivos de su entorno. La luna que se deja ver en un costado a pleno día. La luz del sol llenando de amarillo todo.

Los colores brillantes de los hoteles en la falda. El blanco de la sal que “se cosecha” en las salinas. Y un espectáculo final para coronar el día y bendecir la noche: el sol dejándose atravesar por delgadas nubes que parecen atajarlo para que no se vaya, para que alargue las horas. Suplicándole que no deje de brillar…

De Yaniris Lopez

Listin Diario

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Publicado el junio 29, 2011 en Articulos de Interes. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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