Rodeado por verdes y fecundos bosques de montaña al sur, y por paradisíacas playas de oleaje suave, altos cocoteros y fina arena blanca al norte, un pueblo llamado Miches languidece.
Al llegar, lo primero que se ve son las destartaladas casas. Todas colocadas en largas hileras al borde de lo que en otra vida fue una carretera y ahora es menos que un camino vecinal.
Miches se mueve a un ritmo lento. Sus pobladores, sus niños y hasta sus perros callejeros lucen desesperanzados. Transitar por las calles es transportarse a un lugar donde el tiempo corre y nada pasa.
“Aquí se está viviendo una situación crítica porque no hay empresas, no hay industrias, no hay zonas francas, no hay nada. Aquí si usted no se va a pescar, se tiene que ir al campo y en el campo lo que usted siembra, ¿a quien se lo va a vender? Si lo poco que va a conseguir se lo come en repuestos la guagüita por lo malo que están los caminos”, cuenta uno de los moradores del lugar.Sigue leyendo «Miches: un paraíso rodeado de pobreza»
